Las mujeres de la torre
SI TODO FUERA CANCÚN
(Pp.171-174)
Un día antes de su cumpleaños esperé a que dieran las doce y uno para felicitarlo. Pero por ahí de las diez y media de la noche, Lalo dormía como un bebé, enfundado en su pijama de franela de bolas cafés, que me inquietaba. Cuántas veces, desde hacía tres años, había pensado en quemarla con la plancha, desteñirla; tirarla a la basura por descuido, pero lo máximo a que llegué, infelizmente fue a tallarla con rabia, contra el fregadero.
Todos los viernes, como acto religioso, Lalo busca su pijama en el cajón, sin importarle que esté luida. Y cuando la mira, le sonríe complaciente y la acerca a su nariz para comprobar si huele a Vel Rosita, como le gusta, como lo acostumbró su mamá.
Mientras dormía, llené la tina, coloqué las veladoras con olor a coco y agregué pétalos en el agua. Puse música. Preparé mi negligé de encajito, que pica pero es sexy, y me perfumé toda con Kenszo, su favorito. Mientras Lalo roncaba, comencé por besarle el rostro, a lo que respondió con manotazos como si se tratara de espantar señales de algún sueño inquietante. Continué, ahora por los pies, a lo que Lalo volvió a responder con un puntapié, el cual me tiró finalmente del lecho. No se dio cuenta de que era yo la que lo acariciaba.
“Me doy”, dije en voz baja. Vacié la tina, apagué las veladoras, recogí todos los pétalos para no dar explicaciones a nadie y me enfundé, también, en mi delicioso mameluco rosa, de esos de pantuflas integradas.
El día de su cumpleaños, a las siete de la mañana, sonó el teléfono y Lalo brincó de la cama para contestar. Eran sus papás. Le cantaron las mañanitas, el happy birthday to you, el felicidades a ti y hasta las golondrinas, mientras Lalo retiraba la bocina de su oreja para decirme: “Carajo, estos rucos cada día gritan más…” Prendió un cigarro y tomó café mientras hablaba por teléfono con sus hermanos: Lola, Mario, Peco, Quiquis, Rafa, Coque y Pequis. Leyó el periódico encerrado en el baño, como todos los días, mientras Lalito y yo jugábamos a las escondidillas que, por cierto, nunca me han gustado, ni de cuando niña.
Lo invité a comer al Capri. “Es muy encerrado”, dijo. Le propuse entonces uno japonés; dijo que era caro y que no le gustaba festejar cuarenta. Así es que hice unas milanesas con puré y comimos en casa. De seis a once vio televisión recorriendo el circuito de canales una y otra vez. A todo aquél que le habló para felicitarlo (de su familia, de la mía, sus amigos) les respondió que saldría el día completo. Lalo no quería visitas.
Desde que cumplió esos cuarenta, Lalo está realmente insoportable. Le propuse que se tomara unas vacaciones. Se fue a Cancún, cuatro días. Y regresó radiante. Ayer me habló Berta para decirme que no sabía cómo decirme, o si decirme, que lo había visto en Cancún muy de la manita y abrazado de una güera impresionante, como modelo. Parecidísima a Claudia Schiffer.
Ahora va al gimnasio. Se compró calzones de seda. Se tiñó el bigote. Está bajando la panza. Ya no ve tanta televisión. Y ahora que le beso el rostro, los pies y otros múltiples territorios, la respuesta, en aquellos múltiples territorios, surge de inmediato. Como al principio, como cuando nos casamos, como hace once años. Como cuando Lalo tenía treinta.
Lo que no le dije a Bertita es que había sido yo la que llamó a una agencia de las que prestan múltiples servicios turísticos, precisamente para que una de esas güeras le diera una inyectadita de vida, lo parrandeara bien y lo hiciera sentirse como rey a los cuarenta.
Hoy, que cumple cuarenta y uno, estrené un negligé que no pica. Mandé desde hace dos días a Lalito con mi suegra. Hicimos el amor en la tina. Tiró a la basura su pijama de franela. Y, lo mejor, querida, nos vamos a festejar a Cancún.