December 26 de 2006

Sucedió en un barrio de la ciudad

Por Cristina Pérez-Stadelmann - Cuentos Imprimir

FOSA 154

Yo no quería matar a la abuela, mucho menos de esa forma, pero el señor Cabrera insistió tanto.
Llamaba casi todos los días para preguntar por su endeble salud. Comencé a recibir sus telefonemas a partir del día siguiente en que fui al panteón Francés de San Joaquín a pedir informes. Durante más de dos meses llamó insistentemente, hasta que en diciembre tuve que tomar una decisión. Cabrera hablaba de las amplias facilidades de pago, de las nuevas promociones, de las cómodas mensualidades, de los descuentos del 5 por ciento al 20 por ciento en la compra de dos a cinco paquetes y constantemente me enviaba correspondencia que incluía solicitudes y ofrecimientos tipo:

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AGENCIA TIEMPO Y VIDA
Di “te quiero” a tiempo y en vida.
SERVICIOS FUNERARIOS DE INHUMACIONES
SIN INCLUIR FOSA,
O DE CREMACIÓN CON URNA SIN NICHO.
CONTADO: $8,800.00
PROMOCIÓN:
ENGANCHE $1,480 Y 5 MENSUALIDADES DE
$1,480 C/U
PLAN A UN AÑO $10,800.00
ENGANCHE $900 Y MENSUALIDADES DE $900 C/U
NECESIDAD INMEDIATA $8,800
¡APROVECHE!

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Antes de dar el paso que supuse me libraría de Cabrera pedí un cambio de número telefónico. Lo conseguí. Pero a los pocos días escuchaba de nuevo la voz siempre neutra y oficinesca de Cabrera que había averiguado a través del 040 mi nuevo número. Hasta que no pude, o no quise mentirle más y le dije que la abuela ya no estaba enferma.
- ¿Cómo? – preguntó con acento de desesperanza-. No me diga.
- Sí, desapareció – musité.
- ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué? – Siguió preguntando insaciable.
- Fue en Acapulco –dije con amargura- la abuela nadaba en la playa, de pronto desapareció y aún no sabemos nada de ella.
Preguntó si sabía nadar, respondí que sí, que alguna vez a lo largo de su vida había sido incluso campeona de natación y que era una mujer muy fuerte a pesar de sus noventa y nueve años.
- Ya aparecerá señora, ya aparecerá –concluyó Cabrera esta vez esperanzado.
Pasaron dos días. Dos días en los que no recibí llamada alguna de Cabrera, pero al tercero llamó para saber si mi abuela había sobrevivido, si de mi abuela se tenía alguna noticia, si de mi abuela había algún mínimo rastro.
- No señor, aún no sé nada –concluí.

Fue entonces cuando me sugirió que –como única familiar de mi abuela,considerando sus 99 años y por si las dudas- aprovechara la última oportunidad del gran paquete para reservar un lugar en el más exclusivo cementerio de la ciudad, con una tradición que se inició hace más de 140 años… con todos los servicios funerarios en el mismo lugar (incluyendo Acapulco), evitando los molestos cortejos por las congestionadas calles de la ciudad (o provincia), con servicios de inhumación o cremación que incluyen lo necesario para ese momento imprevisible e inevitable y las mejores salas velatorias de la ciudad (y servicios conexos), sin problemas de estacionamiento, a su servicio cualquier hora del año…
- Y no olvide –enfatizó Cabrera- precios sumamente atractivos y amplias facilidades de pago; aceptamos todas las tarjetas de crédito.
- Ya le avisaré, cualquier noticia yo le llamo –dije con brusquedad antes de que Cabrera continuara hablando.
Pero Cabrera no esperó a que le llamara y esta vez preguntó:
- ¿Qué se sabe de la abuela? –dijo la abuela como si esa forma de emplear el artículo determinado lo convirtiera de inmediato en parte de nuestra familia- ¿Ya apareció la abuela Elena? ¿Se tiene alguna noticia o rastro? – siguió preguntando.
Fue entonces cuando decidí de una vez por todas informarle.
- La abuela murió, se la comió un tiburón.
- ¿Completa? –me cuestionó- ¿Se la comió completa o quedó algún resto?
- Encontraron un brazo flotando en la bahía cuando la playa estaba llena de gente. Dicen que las olas lo fueron sacando desde alta mar hasta la orilla – dije sin ninguna emoción. Y Cabrera preguntó que cómo era posible que supiera que ese era el brazo de la abuela entre tantos náufragos que hay en la mar.
- Por el reloj amarillo que llevaba en su puño izquierdo –dije- un Swatch que yo le había regalado justo en Navidad y que de inmediato reconocí.
- ¿Y qué va a hacer con el brazo? –continuó Cabrera.
- No sé –murmuré al cabo de un buen rato-. Todavía no lo sé.
- Si me permite le sugiero una cremación del resto o miembro, cuyo precio sería de… ¿me permite un momento señora? –dijo.
Al otro lado del teléfono escuché cómo Cabrera preguntaba a gritos a algún compañero:
“¿Cuánto vale un brazo?” y me sobrevino un escalofrío esta vez indescriptible.
- Serían $2,370 por resto o miembro, en este caso por el brazo –continuó- y en caso de que se trate de un cuerpo fresco y entero $3,600. Podríamos trasladar el resto por carretera o flete aéreo, dependiendo, claro está, del peso del ataúd. Y una vez que tuviéramos el cuerpo de la abuela en la ciudad de México le sugiero una urna y nicho a perpetuidad: contado $9,900 más IVA. Inhumamos o sepultamos lo que usted quiera –musitó Cabrera.
Nunca imaginé que el imbécil de Cabrera continuara insistiendo, ya no por la totalidad de la abuela, sino ahora solamente por su brazo izquierdo “que bien merecía el mejor panteón de la ciudad y todos los servicios de la prestigiosa agencia Tiempo y Vida”.
Jamás imaginé que por pedir algunos informes en el panteón Francés pasara a ser presa de Cabrera, de la misma forma que la abuela lo fue del tiburón que decidió comérsela.
En todo caso fui al panteón porque en una cena me habían contado una historia terrorífica sobre una tumba en particular, o mejor dicho, sobre una fosa en particular, y mi propósito era investigar un poco más sobre el caso, para así escribir un cuento para el periódico en el que colaboro. Pero Cabrera insistió en conocer los motivos que me llevaban a ese lugar antes de darme cualquier tipo de información o recorrido. Pidió mi teléfono, mi dirección, y como mucho me cuesta mentir, resulto lenta en ese tipo de circunstancias en las que hay que inventar con precisión, convicción y rapidez, todos mis datos fueron verdaderos. Juro que en principio jamás hubiera enfermado de gravedad a la abuela. De ninguna manera ésa es mi forma de ser. Y jamás la hubiera matado ni con el pensamiento a no ser porque Cabrera presionó desde el principio al preguntar ¿tiene usted la necesidad inmediata? Y respondí que sí: mi abuela ya está en las últimas.
En realidad, a pesar de que la distancia geográfica siempre nos había mantenido alejadas –la abuela Elena vivía en Upsala, Suecia-, maldigo una y mil veces al vendedor Cabrera por llevarme a matarla de esa manera, aunque reconozco que algo le debo; la tarde en que conocí a Cabrera, conocí también los recónditos y terroríficos detalles de la verdadera historia de la fosa número 154 y ya tengo el cuento.


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