December 26 de 2006

Los diferentes tonos del azul

Por Cristina Pérez-Stadelmann - Cuentos Imprimir

GENEROSIDAD “POST MORTEM”

Ustedes que son poco prácticos podrán decir que los muertos no sirven. Pero nada más lejos de la verdad.

Terminada mi carrera estudié la especialidad de médico forense y comencé a trabajar en la morgue. Los cadáveres llegaban en bolsas de plástico con un uniforme anexo que incluía datos generales, las características del cuerpo y las circunstancias de la muerte. Yo analizaba a los que morían en accidentes automovilísticos, de aviación y a los atropellados, es decir: cuerpos que quedaban casi siempre irreconocibles.

Era mi especialidad; los seccionaba y entonces extraía el corazón, las córneas, los riñones, el hígado; digamos las partes comerciales, y después los cerraba.

Practicada la “profanación”, como ustedes le llaman, o “el asunto de la casa”, como lo llamo yo, se les informaba a los parientes que el féretro sería entregado completamente sellado para evitarles la desagradable impresión de ver al muerto en condiciones deplorables.

Diariamente llegaban a la morgue un promedio de quince cuerpos de niños y adultos. Cuando se trataba de cadáveres de niños me iba mucho mejor. Por sus órganos pagan muy bien. Un corazón lo vendía hasta en cien millones, cada riñón en cincuenta. Con los órganos de los niños sucede igual que en el mercado de la vuelta de la casa, donde venden pescado: cuanto más fresco el producto, mejor.

En ocasiones yo les pasaba una atractiva comisión a los policías para que trajeran cuerpos frescos, es decir, sobre pedido.

Sólo usé 458 cuerpos en cinco años, no todos servían. ¿Cómo sé el número exacto? Soy un hombre estricto, organizado con mis cosas y no tolero el mínimo error. Soy un excelente profesionista. Fíjense con qué cordura les puedo describir los hechos: llevo conmigo una libreta en donde anotaba con exactitud, cadáver por cadáver, día, hora, órgano extraído, cuánto y a quién lo había vendido. Sé perfectamente cuántas córneas tenía almacenadas en la cámara de refrigeración. Puedo decir, sin temor a equivocarme, sus dimensiones y el color de los ojos de cada uno de los cadáveres. Los políticos tenían prioridad, a ellos se les ofertaban los órganos antes que a nadie. A la morgue acudían personas preguntando por un hígado, un corazón, un pulmón, un pie, un falo. Pero mi trato nunca fue directo. Mis asuntos siempre los hice a través de reconocidas instituciones y hospitales; los mejores por supuesto.

Nunca pensé que al ir a reclamarlo, la mujer de uno de los muertos decidiera colocarle su argolla de matrimonio, que el susodicho, en vida, nunca usó; pero nunca faltan las casualidades. Hechos como éste me hacen odiar aún más a las mujeres. Son frívolas, calculadoras, materialistas, poco prácticas, sensibleras. Por ellas el mundo no marcha bien.

La mujer de que les hablo exigió. Al retirar la sábana, lo primero que vio fueron las órbitas vacías, como si un buitre se hubiera comido los ojos de su marido. Armó un escándalo. Logró que se le practicara una segunda autopsia. En ella se descubrió que su queridísimo hombre tampoco tenía corazón.

Me sentenciaron a cuarenta años.
Soy culpable, confesé. Culpable de la conservación de la especie. De prolongar la vida a los que todavía la tienen. Alguna vez será reconocida mi generosidad.

Llevo cuatro meses en el reclusorio. Convivo con criminales, ladrones, asesinos, ex funcionarios, narcotraficantes y violadores. Ninguno de nosotros tiene una condena menor a treinta años, lo que significa que en este infierno nos vamos a morir todos.

Hace días me preguntaba si no sería interesante “profanar” los cuerpos de los presos. Mis relaciones con el jefe de la enfermería cada día son mejores.


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Cristina Stadelmann
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