Diciembre 26 de 2006

Veneno que fascina

Por Cristina Pérez-Stadelmann - Cuentos Imprimir

DE VEZ EN CUANDO UN ASOMBRO
(Pp. 15-16)

Hace tiempo que vengo limpiando este parque todas las mañanas y ellos siempre tienen prisa. Dejan caer sus mochilas en cualquier parte. Él se recarga en un árbol mientras abre sus piernas en forma de V, ella entra y se recarga con las piernas juntas en forma de I; a lo lejos parecen uno solo, sin un milímetro de separación entre sus cuerpos. Ella sube las puntas de sus zapatos, él baja un poco, se alcanzan. Él mete la mano por debajo de su falda, empujan sus nalgas, suben, bajan, él se esconde y se pierde entre su pelo largo.
Saben que Don Luis como me llaman, ronda por ahí a esas horas, pero es discreto, no dice nada. Se van; mientras tanto uno termina por aburrirse un poco.

II

Los juegos del parque, bajo esa luz gris de la mañana, casi siempre están solos, a la espera, algunos parecen mutilados. De los columpios sólo sirven el azul y el amarillo, el pasamanos está oxidado, el sube y baja sigue en pie, no giran los aviones. Cuando el día está gris, lluvioso, el viento se sienta en los columpios y se mece a ratos
III

Ese lunes las cinco monjas cambiaban de juego. Primero una columpiaba a la otra, que se impulsaba como si de una vez y por todas quisiera entrar al cielo por la punta de sus zapatos.
IV

Las dos más delgadas subieron a una rueda con pequeños asientos infantiles, que se movían siempre y cuando ambas abrieran sus piernas y empujaran con fuerza. Entonces pude oír sus risas desproporcionadas. Escondido tras un árbol vi sus medias negras, imaginé sus senos columpiándose al mismo ritmo que sus crucifijos. La más joven me vio con sus ojos de hojas de árbol y comenzó a susurrar algo a sus compañeras. Se reunieron, guardaron sus risas, sacudieron la tierra de sus hábitos, recogieron sus cabellos y se fueron caminando una tras otra, como en fila escolar, supongo que por edades o quizás por jerarquías.
V

Latían mis uñas, latían mis rodillas. Ella, la última de la fila, regresó para quitarse la cofia; nuevamente soltó su pelo, quedó descalza. Vuelve a mirarme con sus ojos verdes. En el columpio amarillo toma impulso sola, mientras deja que el aire y yo la toquemos a lo lejos. Sube al pasamanos, giran sus nalgas de un barrote a otro, gira su cadera, se balancean sus senos, empuja su vientre, completa los treinta barrotes, llega al final. Quise ser ese pasamanos oxidado por donde se quedan sus palmas, sus venas, el sudor, el esfuerzo, el descaro y sus ganas. Se va.
VI

Debe llamarse Mariana.
VII

Son las siete de la mañana. Ellos dejan caer sus mochilas en cualquier parte. Él abre sus piernas en forma de V, ella entra en forma de I, ella continúa con su pelo largo, lo de siempre.
VIII

Desde ayer, el columpio amarillo y el pasamanos huelen a Mariana.


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